El también escribía. Sin ser periodista, publicó varios artículos en el diario. No sé de dónde saqué la veta, pero creo que él tuvo bastante que ver en eso. En eso y en otras cosas.
Nunca nos dejó decirle abuelito, tata o algo por el estilo. Siempre lo llamamos por su nombre. Quizás era por orgullo, pero me atrevo a apostar que era para seguir sintiéndose joven, aunque cada comentario y todas las páginas de los estantes son testigos de su experiencia y sabiduría alcanzada con los años.
Lo echo de menos, sí, sobre todo cuando pienso que ya no puedo preguntarle cosas y que nunca va a ver mi tesis lista; sé que la hubiese disfrutado y me llena de alegría que el Apuntes Porteños que estoy usando para hacerla era de su colección, aunque él no lo sepa.
Hace un año murió el Antonio. ¡Dios, cómo vuela el tiempo!
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